Entrevista a Maria Nikolajeva

Maria Nikolajeva, decana de Educación en la Universidad de Cambridge, defiende que leer ficción ayuda a los jóvenes a desarrollar la empatía y relacionarse con los demás.

La experta ha participado en el coloquio internacional sobre “Narrativas, Emociones e Identidad”, organizado por el proyecto “Cultura emocional e identidad” (CEMID), perteneciente al Instituto Cultura y Sociedad (ICS). A través del análisis de la novela “Slated”, Maria Nikolajeva explica como para  los niños, que aún están desarrollando la capacidad de empatía, leer ficción es una forma importante de entrenamiento de su capacidad de pensar y sentir con relación a los demás.

P. – Usted trabaja sobre algunos conceptos clave (memoria, identidad y empatía) en la ficción para jóvenes.

R. – En lo que estoy interesada es en saber cómo a los jóvenes lectores les atraen los textos y cómo se comprometen emocionalmente con ellos: de qué manera emplean la “teoría de la mente”, es decir, cómo se hacen cargo del modo en que otras personas piensan y sienten, lo cual es un proceso muy complejo. Los psicólogos nos dicen que esta teoría de la mente se desarrolla en torno a la edad de cuatro años, pero no se posee plenamente hasta llegar a la adolescencia. Es una destreza social muy importante, porque para comunicarnos con otras personas necesitamos estar capacitados para ponernos en su lugar: si alguien está feliz, necesitamos saber por qué lo está, intentar comprenderlo, y lo mismo si está decepcionado, o enfadado… Hay marcas exteriores (leemos los rostros o el lenguaje corporal), pero en la vida se dan situaciones muy sensibles y delicadas, porque es muy fácil que interpretemos o comprendamos equivocadamente, mientras que la ficción nos permite hacerlo de una forma segura, como un campo en el que experimentar y entrenar.

P. – ¿Pero cómo lo permite la ficción literaria?

R. – Porque la ficción es la única vía que nos permite entrar en la mente, en el pensamiento de otras personas. La ficción nos permite penetrar en el interior de los demás, saber cómo piensan, algo que no podemos hacer en la vida real, pues aunque la neurociencia haya llegado a resultados impresionantes, seguimos sin saber lo suficiente.

P. – Usted ha utilizado la palabra “segura”. ¿Es una forma segura de conocer a los demás?

R. – Sí, porque si usted es demasiado audaz en la comunicación con otras personas, puede cometer un error, y ese error puede tener consecuencias importantes. Pero en la ficción se pueden probar todas estas situaciones, relaciones y emociones básicas, como son la alegría, la tristeza o el enfado; y emociones sociales, como el amor, el odio, o la vergüenza, que implican a más de una persona. Es sobre esto sobre lo que trata toda ficción, y hoy en día sabemos más sobre este tema.

Para quienes están aún desarrollando sus teorías de la mente, se trata de un proceso muy difícil, y aquí la literatura puede proporcionar el entrenamiento necesario: cuando hayas leído unos cuantos libros, sabrás cómo puedes enfrentar ciertas situaciones en la vida real. Y esto, creo yo, es absolutamente fascinante.

P. – ¿Podría esto llevarnos a concluir que los jóvenes que han desarrollado esas destrezas pueden tener más capacidad de empatía con otros?

R. – Sí, sin duda.
P. – ¿Serán mejores personas?
R. – Yo diría que sí.

P. – ¿Incluso si leen novelas distópicas, en que el mundo presentado es todo lo contrario del mundo ideal?

R. – Sí, y ahí es donde entra la empatía. Podríamos decir: sí, leer ficción puede hacerte estar mejor preparado para situaciones de la vida real. Pero también hay más, como la experiencia estética, que es importante.

P. – ¿Y cómo combina usted estas tres palabras-clave: memoria, empatía e identidad?

R. – He utilizado el ejemplo de una novela reciente para jóvenes, una novela distópica, en la que hay unos personajes cuya memoria ha sido erradicada.

P. – ¿Se refiere a Slated, de Teri Terry? La protagonista es una joven que vive en 2052…

R. – Sí, aunque lo que la novela describe, la manipulación de la memoria, no es estrictamente hablando un asunto del futuro. Hoy sabemos muy claramente que esto se puede hacer: partes de la memoria o la memoria en su totalidad pueden ser bloqueadas, mediante productos químicos o electricidad. Pero lo que esa joven (ese personaje) experimenta es que, aunque su memoria ha sido borrada, ella conserva cierta memoria de madurez: por ejemplo, su mano izquierda recuerda cómo dibujar. “Empatizar” con esto para el lector supone es un reto, porque aunque podamos saber cómo piensan otras personas, no podemos saber qué es sentir que no se es apto para sentir. Es decir, esta novela exige un salto de la imaginación: no sabemos cómo podríamos sentirnos al no tener memoria.

Como explico en mi ponencia, esta novela está redactada en el tiempo presente, en primera persona, y ciertas partes aparecen en cursiva, algo que yo considero muy trivial, muy común, muy banal entre los recursos de la narrativa contemporánea para jóvenes. El tiempo presente se usa para subrayar el aquí y ahora de los jóvenes (algo en lo que no creo, pero obviamente los autores sí), mientras que el recurso a la primera persona imita esa experiencia inmediata, objetiva, pero excluye la empatía, porque somos forzados a adoptar una sola posición.

Sin embargo, dado que esta protagonista no tiene memoria (por lo que vive realmente en el presente del aquí y ahora), su memoria justifica la calidad estética de la novela. Ella tiene esa identidad dividida, que por fin se trasluce, de que realmente había sido otra persona: no alguien que tuviera varias vidas, con la posibilidad de regresar a su vida anterior, sino alguien que tiene ya una vida paralela en este presente. Esta es una maravillosa ilustración de cómo podemos utilizar la ficción para discutir todas esas grandes cuestiones como la cuestión de la identidad. La memoria es lo que construye nuestras identidades, y cuando nos roban nuestros recuerdos ya no somos los mismos.

P. – ¿Cual es la relación con la empatía?

R. – La empatía la necesitamos para comprender cómo piensan otras personas, porque es imposible para nosotros imaginar cómo nos sentiríamos si no tuviéramos memoria. Es como si alguien no recordara qué ha comido a mediodía, como si no supiera de dónde viene, a dónde pertenece, quiénes son sus padres, qué lengua habla y por qué. Y luego, de pronto, tiene un recuerdo meteórico: se da cuenta de que ha comido brécol (estoy utilizando un ejemplo de esa novela), aunque cree estar segura de que nunca los había visto, pero reconoce el sabor, porque la memoria, las emociones, la empatía, están incorporadas.

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