El miedo occidental y la amenaza de la guerra

En un artículo titulado “El choque de emociones: miedo, humillación, esperanza y el nuevo orden internacional”, publicado en la revista Foreign Affairs en 2007, el politólogo Dominique Moisi argumentaba que las principales diferencias que hoy separan a los países ya no son ideológicas sino emocionales: una cultura del miedo en occidente, que ve amenazada su hegemonía política y económica; una cultura de “esperanza” en el mundo asiático –principalmente India y China-, para quienes las perspectivas económicas parecen más alentadoras, y una cultura de la humillación en el mundo islámico, que en determinados lugares se transforma directamente en odio.

El éxito del artículo motivó que Moisi redactara una versión larga, La geopolítica de la emoción, publicado como libro en 2009, poco después de la primera victoria electoral de Obama, en un clima de entusiasmo sin precedentes. Por esa razón, Moisi se vio inducido a matizar su argumento sobre la cultura del miedo –que hoy por hoy “uniría” a Europa y Estados Unidos, no sin significativas diferencias—, sugiriendo que se había abierto un rayo de esperanza en el frente americano. Más recientemente, Manuel Castells ha continuado el análisis emocional de los movimientos sociales en su libro Redes de indignación y esperanza (2012).

Sin embargo, el desarrollo de la crisis siria obliga a matizar las lecturas esperanzadas en uno y otro caso. En particular, el modo en que algunos medios occidentales, como The Economist hace dos semanas han alentado una intervención militar en el caso sirio, parece sugerir que, más que haber desaparecido del horizonte, las ideologías revelan ahora su auténtico rostro: el juego desnudo de intereses, matizado únicamente por el protagonismo de las emociones, interesadas o humanitarias según los casos.

Así, para The Economist (“Fight this war, not the last one”, 7.IX), o para ilustres senadores como el republicano John McCain, lo que está en juego en el conflicto de Siria es la autoridad de Obama, el lugar que Estados Unidos debe jugar en el mundo, y la reafirmación de los valores occidentales. Ahora bien, para el ciudadano de a pie, el discurso sobre los “valores occidentales” enarbolado por The Economist resulta cada vez menos creíble y persuasivo. El ciudadano de a pie, cada vez más suspicaz ante esa clase de discursos, querría decir, más bien, que lo que está en juego, en primer término no es la posición de Estados Unidos en el nuevo (des)orden internacional, sino la vida de muchos inocentes, millones de desplazados, millares de víctimas de la guerra.

Ciertamente, el sentido moral más elemental nos dice que, en el caso de que el gobierno sirio haya empleado armas químicas sobre su propia población, quedaría, por ese acto, automáticamente deslegitimado: un gobierno que no puede mantener el orden de una manera razonable, demuestra simplemente que no puede gobernar. Pues en el marco de la teoría política moderna, el sentido de reservar el “monopolio de la fuerza” al Estado constituye una manera de evitar la violencia indiscriminada entre la población, no una excusa para justificarla. Ante actos así, la comunidad internacional no podría permanecer impasible. Sin embargo, estos actos tampoco autorizan por sí solos una intervención cuyos efectos pueden ser todavía más devastadores.

En efecto: a nadie se le escapa el hecho de que un conflicto en esa región fácilmente puede escalar hasta adquirir dimensiones mundiales. Mucho menos queda justificada una respuesta bélica cuando ni existe un objetivo definido, ni la comunidad internacional presta un respaldo claro a esa acción. Pues “castigar” al régimen de Assad (como había sugerido Hollande) no puede ser el objetivo de una intervención militar internacional; idealmente, tal intervención solo podría tener sentido si estuviera claramente orientada a ayudar al pueblo sirio, y definida en términos tales que fuera posible delimitar con precisión que uno ha alcanzado tal objetivo. Pero eso sencillamente parece imposible, dada la complejidad interna del “pueblo” sirio, las características de cualquier guerra civil, y las lealtades cruzadas entre las distintas facciones y los países vecinos.

Lo único cierto es que en el nuevo escenario mundial, nos enfrentamos a las limitaciones de las categorías políticas modernas, a menudo demasiado simples, para comprender realidades políticas locales. Nos enfrentamos también a las limitaciones de una política meramente “racional”, que no toma en cuenta la dinámica emocional de los conflictos, explorada por el sociólogo Thomas Scheff, en su libro Bloody Revenge. Emotions, nationalism, and war (1994).

En este nuevo contexto, cuyos perfiles todavía se nos escapan, se impone un esfuerzo por comprender, por desactivar los circuitos de humillación y venganza, y rehacer vínculos sociales, desde la base: desde las relaciones interpersonales más elementales, hasta el modo de gestionar los conflictos internacionales.

Sin duda, como ha señalado el editor de la BBC para Oriente Medio Jeremy Bowen en un artículo del 16 de septiembre, el camino no es fácil. Pero una cosa debe estar clara: no es sabio tratar de solucionar una crisis provocando otra crisis mayor. Es sabio mantener la calma y hacer lo posible por hacer entrar en razón a quien la ha perdido. La fortaleza que más necesitamos hoy no es la del que llama al combate sino la del que pide paciencia.

Ana Marta González
Profesora de Filosofía Moral
Directora del proyecto “Cultura emocional e identidad”

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