Para una recomposición emocional de la sociedad civil

La reciente descalificación de la doctrina Parot por el tribunal de derechos humanos de Estrasburgo ha suscitado una reacción general de indignación, sobre la que merece la pena reflexionar, cuando la distancia lo permita. Como viera Durkheim, el clamor con el que el pueblo se resiente de las acciones criminales tiende con el tiempo a plasmarse en un nuevo código penal, expresivo de su sensibilidad moral. En este sentido, una reacción social unánime constituye un indicio importante para el legislador, de que algo necesita revisión, incluso revisión urgente.
No obstante, parece claro también que el funcionamiento ordinario del derecho no debe quedar a merced de reacciones populares. Para bien o para mal, el principio de seguridad jurídica, y en última instancia la posibilidad misma de la sociedad civil, requiere que las frías razones del derecho, mejor o peor interpretadas, tengan la última palabra.
¿Quién no se solidarizará con las víctimas que han sufrido la violencia terrorista? A ellas les debemos, históricamente, el haber recuperado el valor cívico y la claridad moral frente a las tapaderas ideológicas del crimen. Sin embargo, nuestra deuda histórica con la valentía de las víctimas no nos autoriza a capitalizar su dolor para quebrantar las estructuras básicas del estado de derecho, al que debemos un espacio de convivencia, tal vez imperfecto, pero en líneas generales seguro.
Considero significativo que un pensador como Hume, ilustre representante del emotivismo ético, haya sostenido una teoría social más bien racionalista. Y esto simplemente porque consideraba posible generar cooperación social sobre la base de que cada individuo persiguiera su “verdadero” interés, su interés a largo plazo, el cual pasaría tarde o temprano por la cooperación. Si a pesar de saber cuál es nuestro interés no lo seguimos a veces, dice Hume, es porque, nuestra conducta se ve distorsionada por “pasiones violentas”, que no atienden a razones y que bloquean cualquier consideración estratégica, enrocándonos en la satisfacción de la pasión presente. Claramente, la de Hume es una teoría social ilustrada, cuyo potencial teórico quedaría cuestionado si se interpretara como una teoría descriptiva de lo que de hecho sucede, y no, más bien, como una teoría normativa sobre lo que debería suceder, para crear una sociedad civil: controlar las pasiones violentas.
A diferencia de otros momentos en el pasado, y con excepción del caso sangrante del terrorismo islámico, en la actualidad, las quiebras abruptas de la convivencia civil ya no remiten a motivaciones religiosas; más bien responden a ideologías e intereses particulares, con los que personas que se autoexcluyen voluntariamente del estado de derecho terminan beneficiándose de los derechos que aquél les reconoce. Esta clase de abuso de instituciones originalmente introducidas para preservar la justicia es lo que explica la indignación ciudadana, pronunciando el abismo entre el sentir del pueblo y las instituciones supuestamente a su servicio.
Ahora bien: precisamente en el medio de esta dramática fractura entre racionalidad formal y sentimientos de justicia, debería abrirse un espacio de reflexión sobre los fundamentos de nuestro estado de derecho y las vías para superar la desigualdad resultante de brindar la misma protección legal al criminal y a su víctima. Mientras tanto, sin embargo, conviene recordar que, no obstante sus evidentes limitaciones, la frialdad del derecho, que ahora lamentamos, es la que en otras ocasiones puede protegernos de abusos arbitrarios. Por otro lado, la sociedad civil se edifica y se deteriora también por vías no jurídicas. Así, por ejemplo, ya sea apelando a la memoria histórica, ya con ocasión de los nacionalismos, se habla mucho en los últimos tiempos de la polarización del debate público, y de las fracturas que introduce en la sociedad civil. Comparativamente se habla menos de los responsables de esa polarización, que al capitalizar los sentimientos menos amables de nuestra naturaleza dan la impresión de esperar algún beneficio del enfrentamiento. Pero, de hecho, cada palabra que se pronuncia en el espacio público se presenta a la luz de lugares comunes y eslóganes que –como los estímulos del experimento de Pavlov- disparan el reflejo condicionado de una respuesta social previsible, siempre bajo el signo del conflicto, provocando reacciones estereotipadas en uno y otro bando, un continuo desencuentro.
En este sentido haríamos bien en iniciar una reflexión colectiva sobre las trampas emocionales con las que, con frecuencia cotidiana, los fautores de la opinión pública secuestran a la sociedad civil la capacidad de ilustrarse con rigor y serenidad sobre los asuntos que nos atañen. Ahora bien: no creo que un cambio social en la dirección de un mayor entendimiento entre las partes pueda a ser liderado por la clase política: es una tarea que a todas luces les excede. En cambio, deberíamos preguntarnos qué podríamos hacer cada uno desde su lugar, para crear cohesión social y afrontar, como es debido, los retos colectivos a los que, más allá de nuestras legítimas diferencias, nos convoca un mundo cada vez más globalizado.

Ana Marta González
Profesora de Filosofía Moral
Directora del Proyecto “Cultura Emocional e Identidad”
Universidad de Navarra

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