Fragmentos de un diálogo sobre género

El proyecto ‘Cultura emocional e identidad‘, del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, ha publicado recientemente dos libros –The Emotions and Cultural Analysis (Ashgate, 2012) y Emociones y estilos de vida. Radiografía de nuestro tiempo (Biblioteca Nueva, 2013)- en los que exploran aspectos de la contemporánea “cultura emocional”. Con ocasión de ambas publicaciones, Ana Marta González –directora del proyecto- y Lourdes Flamarique –miembro del equipo investigador- dialogan acerca del cambio en el “régimen emocional” de nuestras sociedades, un cambio que se aprecia en multitud de manifestaciones culturales y pequeñas prácticas cotidianas, desde la modificación de los códigos que regulan las relaciones entre los géneros hasta la reformulación de lo privado y lo público.

Ana Marta González (AMG). Una mirada a la evolución de la publicidad, contenidos televisivos, etc., basta para apreciar un claro aumento de la emocionalidad, en detrimento muchas veces de contenidos sustantivos y argumentos racionales. Las pautas emocionales que se reflejan en el lenguaje, en la vida social y los estilos de vida pueden ayudarnos a interpretar el cambio cultural. El “emotivismo”, problemático desde el punto de vista ético, ofrece sin embargo una “oportunidad” para abordar nuevamente la pregunta de quien o qué es el hombre. Sería un error no advertir que, para muchos de nuestros contemporáneos, la sed de emoción tiene que ver con la búsqueda de indicios, pistas, acerca de quiénes somos: al ver cómo nos afectan las cosas conocemos algo de nosotros mismos. Ciertamente, en este terreno la emoción por sí sola nos dice poco, pues no seríamos capaces de apreciar su sentido, a menos que la interpretáramos a la luz de ciertas ideas y valores.

Lourdes Flamarique (LF). Sin duda la vida emocional es un gran escaparate de nuestros anhelos, deseos, aspiraciones, proyectos, y también de nuestra concepción de la vida y del mundo, de nuestras convicciones morales, del imaginario con el que tejemos los sueños personales y colectivos.

AMG. Pienso que un ámbito donde puede observarse la relación entre emociones y cambio cultural es en la relación entre los géneros. Aquí los cambios han sido muy notorios. Durante mucho tiempo, el único código público de relación entre los géneros era el código romántico. La incorporación masiva de la mujer al mundo laboral ha modificado radicalmente esa situación: ahora existen otros códigos, que tienen su origen en las exigencias de la vida profesional, y que hacen posible la aparición de formas nuevas de relación entre hombres y mujeres, la relación propia de colegas, de amigos, etc.  Esto significa también que las pautas emocionales son distintas.

LF. Esto último implica también que algunos “tópicos” sobre la amistad merecen ser revisados a la vista de las posibilidades de entendimiento y, por tanto, de aprecio y convivencia entre hombres y mujeres que ofrece el mundo profesional. En línea con la experiencia y sensibilidad contemporáneas, la narrativa televisiva ha registrado hace tiempo el cambio en las relaciones profesionales entre hombres y mujeres, y en la consolidación de los nuevos códigos sociales. Por otro lado, es indudable que la presencia de mujeres en ámbitos en los que tradicionalmente había solo hombres -universidades, espectáculos deportivos, empresas…-  ha modificado significativamente las relaciones y reglas que rigen en esos ambientes. No menor interés tiene el que los hombres se hayan introducido en prácticas antes consideradas exclusivamente “femeninas”: ir de compras, comprar para la familia, la casa, la decoración… Probablemente esto se da más entre hombres con un cierto nivel educativo y social.

AMG. En consecuencia, el cambio en el régimen emocional se traduce también en una cierta difuminación de las fronteras de lo privado y lo público, al menos tal y como eran concebidas hace un par de siglos, cuando lo privado se asociaba principalmente al sentimiento y a las mujeres, y lo público a la racionalidad y a los varones. Nuestra época, culturalmente, ha heredado tanto el ideal de la racionalidad, como el ideal de la auto-expresividad, y experimenta las tensiones derivadas de intentar conjugar ambos ideales en un contexto social que además viene marcado por una profunda transformación de las relaciones entre los géneros: no se trata solo de ser racionales en la esfera pública y “nosotros mismos” en la vida privada. Se trata de ser “nosotros mismos” en todo momento, lo que en la práctica supone ser capaz de asumir las exigencias racionales emanadas de la práctica profesional como una parte importante de nosotros mismos. Se trata de un ideal muy exigente, que requiere cultivar una idea lo suficientemente fuerte y flexible de nuestra propia identidad como para articular los distintos aspectos de nuestra vida, sin confundir los planos y los lenguajes propios de cada esfera.

LF. La redefinición de lo privado y lo público se realiza en varios frentes. La incorporación de la mujer al mundo profesional y la mayor implicación del hombre en la vida doméstica facilitan que ambos traigan a casa el mundo social del trabajo y, viceversa, que quede incorporado a su conjunto de experiencias y valores lo propio de la vida familiar. La antigua división ha perdido vigencia y las fuentes del aprendizaje de la vida se definen por otros caracteres.

AMG. Pero lo que se está en juego no son sólo “cambios de rol”, sino el descubrimiento de posibilidades humanas que estaban latentes, esperando un contexto oportuno para desarrollarse. Los cambios culturales suelen suscitar juicios faltos de ponderación y de perspectiva, porque, mientras tienen lugar, solo apreciamos la revolución de nuestras rutinas y modos de hacer heredados. Si bien es cierto que muchas costumbres contribuyen a preservar ciertas verdades, también lo es que, con el paso del tiempo, pueden perder su sentido original, y convertirse en una rémora para el crecimiento humano. Por eso se impone valorar prácticas y costumbres conforme a principios, y advertir que los principios pueden realizarse de muchas maneras. Sin desconocer las ambigüedades y confusiones que llevan consigo los cambios en roles y relaciones de género, creo que nos encontramos ante una consecuencia cultural de la modernidad eminentemente positiva, que en términos generales representa una evidente riqueza para todos, pues permite el desarrollo de posibilidades de la naturaleza humana hasta ahora prácticamente inéditas, no solo para las mujeres, sino también para los varones. En mi opinión, la dialéctica progresismo-conservadurismo constituye un enfoque errado también sobre esta cuestión.

LF. En efecto, antes de concluir que ese cambio ha tenido lugar a costa de otros valores, por ejemplo los que ofrece la familia, conviene considerar qué modelo de familia se ve amenazado. A lo largo del siglo XX, el modelo dominante ha sido la familia “urbana”, constituida casi exclusivamente por padres e hijos; en esa familia, los padres son responsables no sólo del mantenimiento económico y del juego social de sus miembros, sino que, al vivir hacia adentro, el mundo familiar sustentado por los padres es el marco principal del desarrollo y maduración de los hijos. La vida familiar “se privatiza”, modificando radicalmente las relaciones emocionales de padres e hijos; la tarea educativa ya no es una responsabilidad compartida con otras personas vinculadas por parentesco, sino principalmente del padre y de la madre. La cuestión, ahora como siempre, es si somos capaces de descubrir el modo de realizar en la cultura actual, con sus posibilidades y limitaciones, la institución familiar genuina, que a lo largo de la historia se ha presentado en diversas formas, con sus logros y deficiencias.

AMG. Resulta llamativo que los llamados “valores familiares” coticen al alza, precisamente cuando, a juzgar por el alto índice de separaciones, baja natalidad, etc, la familia “tradicional” parece atravesar una profunda crisis. Es como si los “valores familiares” hubieran adquirido una existencia independiente de su anclaje natural en la institución familiar, para instalarse en un mundo ideal desde el cual podrían eventualmente proyectarse a cualquier forma de convivencia. Deberíamos preguntarnos por qué ha ocurrido esto, qué es exactamente lo que hemos idealizado y por qué.

Un factor de cambio ha sido sin duda la incorporación de la mujer al mundo laboral. No se puede modificar el ámbito público sin modificar el ámbito privado, pues son interdependientes; no se puede modificar el régimen laboral sin que tal cosa afecte al régimen familiar. Pero estas transformaciones no tienen por sí mismas una lectura negativa o positiva: eso dependerá del espíritu, magnánimo o mezquino, que anime a hombres y mujeres tanto en la vida pública como en la vida privada. La cultura de cualquier época es por sí misma ambivalente: mientras destaca unos aspectos oscurece otros. A quienes ven una contraposición de profesión y maternidad les diría que tan erróneo sería concluir que la depreciación de la maternidad entre las mujeres es consecuencia de su aprecio por la vida profesional, como esperar que las mujeres apreciarán más la maternidad en la medida en que desprecien la vida profesional. Ese tipo de planteamientos no solo son absurdos sino que despiertan rechazo, y con razón. Lo cierto es que ni las mujeres ni los hombres pueden jugar sus vidas a una sola carta: tanto los hombres como las mujeres son seres domésticos y políticos. Sin duda, es significativo que para muchas mujeres la maternidad haya dejado de ser uno de los elementos imprescindibles de una vida emocional plena: esto pone de manifiesto una creciente dificultad para reconocer los bienes que están en juego en la maternidad. En contraste, parece que sólo la profesión constituiría una vía adecuada de crecimiento personal. En mi opinión, la causa de la devaluación de la maternidad estriba, más bien, en un desenfoque profundo de las razones por las cuales tanto la vida profesional como la vida familiar son algo humanamente valioso. Estamos ante una cuestión compleja, pero a la vez decisiva para la vida personal y social de hombres y mujeres, todavía dominada por tópicos, sobre la que no hemos reflexionado con toda la hondura y radicalidad que nuestro tiempo exige.

LF. Esta clase de reflexión se demuestra imprescindible para poder interpretar adecuadamente las realidades que vivimos, sin tomar como medida patrones y valores que, únicamente se nos presentan como seguros cuando han sido previamente idealizados. Sólo así generaremos un discurso acertado sobre el cambio cultural; también sobre el cambio en la familia, de modo que no dominen los planteamientos deudores de las tensiones sociales del siglo pasado, tanto de signo progresista como conservador. La “dinámica de entrega” no solo es esencial a la maternidad, sino también a la paternidad, aunque culturalmente se hayan valorado más otros aspectos de la figura paterna. De modo bastante simple, se suelen atribuir unas cualidades al padre y otras a la madre. Pero, cuando contrastamos con ese reparto la personalidad de nuestros propios padres y su relación con sus hijos, vemos que muchas veces no encajan en ese molde. Que tal vez nuestro padre era en cierto sentido más cariñoso, o que nuestra madre era quien contagiaba fortaleza en las situaciones más apuradas. La riqueza de actualizaciones y matices que puede presentar la condición humana, encarnada en personas concretas, sólo se abre paso en determinados contextos sociales y culturales: es el caso de la paternidad. La mayor implicación de los varones en la organización doméstica, pero sobre todo en el cuidado y educación de los hijos, ha propiciado un conjunto de transformaciones que lógicamente afectan a la identidad personal de los varones, pero también a la relación matrimonial y al trato y confianza con los hijos. De todo ello se han seguido cambios en los hábitos de consumo, ocio familiar, etc.

En interesante observar cómo el nuevo estilo de paternidad ya no imita el lenguaje emocional encarnado por las madres, sino que paulatinamente los varones se mueven con mayor libertad y propiedad a la hora de expresar sentimientos como padre; se nota que tienen más confianza en que su forma de tratar y cuidar a los hijos –o a los propios padres— es acertada, aunque distinta de la que rige el código instituido por las mujeres. No se valora suficientemente el mayor peso que tiene la figura del padre en la vida cotidiana familiar, ni las “ventajas” emocionales que esto puede suponer para la madurez de los hijos. Pienso que es algo envidiable, que apenas hemos conocido la gente de mi generación. De la misma manera que las mujeres, gracias a una mayor presencia social, laboral y política, han incorporado nuevos registros con los que interpretar la “condición femenina”, la mayor implicación de los varones en la vida familiar y doméstica pone a su alcance “oportunidades” de crecimiento personal. Quizás hemos aprendido todos –hombres y mujeres- a desarrollar nuestra condición de maneras insospechadas hace un par de siglos, sin dejar de ser por ello diferentes. Es obvio que hay muchas formas de ser diferentes, como también muchos ámbitos donde la diferencia es irrelevante.

Aunque asumimos en parte una categorización de lo masculino y lo femenino, y tratamos de interpretar nuestra personalidad de acuerdo con esas tipificaciones, en cuanto reflexionamos un poco advertimos que disponemos de varios estilos o modos de expresarse y definirse que podemos conjugar con cierta libertad y, además, de distintas maneras a lo largo de nuestra vida. Por tanto, habría que hablar de configuraciones (en plural) de lo masculino y lo femenino.

Como es lógico “el régimen emocional” de la sociedad contemporánea afecta a los  modelos culturales de lo masculino y lo femenino, como se advierte en la publicidad, la moda, los usos del lenguaje, los hábitos de ocio y consumo, etc. Creo que también aquí hay tensiones que es conveniente reconocer adecuadamente, pues de no hacerlo se introducen riesgos añadidos en etapas de la vida de suyo complicadas, como la adolescencia.

La identidad se constituye socialmente: en ciertos aspectos depende exclusivamente de  los modelos culturales vigentes de lo masculino y lo femenino. No se debe menospreciar el peso que la literatura, el arte y, en la actualidad, el cine, han tenido y tienen en la configuración de la tipología femenina y masculina y de las relaciones entre ambos sexos. En la generalización de arquetipos, patrones y modos de singularizarse se comprueba que dependemos de modelos y códigos con los que interpretar nuestra experiencia, nuestros deseos y anhelos. Sin duda, un mejor conocimiento de estos modelos, puede facilitar una interpretación más libre y consciente. En concreto, desconocer el régimen emocional de nuestra cultura puede dar lugar a conflictos o divisiones en la vida personal, familiar y profesional, al presentarse contradicciones entre los requerimientos de la racionalidad que rige las estructuras y estrategias con las que ordenamos la existencia cotidiana y las evaluaciones sobre dicha existencia que contienen nuestras emociones.

Para realizar las exigencias de la naturaleza humana acorde con el propio tiempo es imprescindible disponer de una comprensión adecuada de las coordenadas y reglas que estructuran y orientan la existencia humana. Sólo así llegamos a crear los lenguajes con los que significamos la realidad que vivimos, sin enmascararla ni desfigurarla, y sin menospreciar o sobrevalorar su potencial humanizador. Sólo así podemos discernir las concreciones del bien y del mal que nos presenta la situación histórica. Las intuiciones morales básicas despiertan en el humus de la sociedad y la cultura, no son formulaciones abstractas que uno recibe intactas de las generaciones precedentes, sino tarea de cada tiempo.

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