Solidaridad: del yo al nosotros

El Día Internacional de la Solidaridad, que celebra hoy la ONU, representa una ocasión para reflexionar sobre un rasgo llamativo de nuestras sociedades. De un lado, están señaladas por un preocupante debilitamiento de los vínculos sociales –como se advierte en la proliferación de guetos o el aumento de la violencia xenófoba y de género-. De otro, se encuentran marcadas por emocionantes corrientes solidarias, que con ocasión de catástrofes naturales y tragedias humanas de cualquier índole, mueven a las gentes más heterogéneas a traspasar fronteras sociales, políticas o culturales, convocadas por el sentido de nuestra humanidad común, al que se une muchas veces un profundo sentimiento de solidaridad con la naturaleza.

Es como si para cobrar conciencia de nuestra común naturaleza, para sentirla y para desarrollarla cabalmente, tuviéramos que prescindir de los marcos institucionales y los vínculos ordinarios que estructuran nuestra vida; como si las normales relaciones familiares y sociales fueran obstáculo y no cauce, ocultamiento y no medio para el despliegue de nuestras energías solidarias; como si el encuentro verdadero con el otro, que presentimos también como encuentro verdadero con nosotros mismos, solo pudiera tener lugar al margen de la sociedad, y no en medio de ella.

¿Será que la solidaridad, en sentido estricto, se mueve en un plano diferente, anterior y más básico al de los vínculos sociales ordinarios? ¿Tenemos tal vez una reserva de “energía solidaria”, que no acierta expresarse en circunstancias corrientes? Quisiera pensar que no. Pero, al mismo tiempo, la tensión entre aquellas reacciones de solidaridad extraordinaria y nuestra experiencia de la fragilidad de los vínculos sociales ordinarios reclama algún tipo de explicación.

Desde su aparición, la teoría sociológica se ha dedicado a explicar “paradojas” de este tipo. De hecho, para Durkheim, no se trataría de dos fenómenos tan desconectados como en un principio podría parecer, sino de un efecto estructuralmente vinculado al proceso de modernización: las sociedades modernas, altamente diferenciadas por la división del trabajo, favorecen simultáneamente la interdependencia funcional –todos dependemos de todos, unas profesiones de otras— y la individualización de los estilos de vida.

Mientras que la interdependencia funcional propicia la racionalización de la conducta, según el imperativo de la eficiencia, la individualización de los estilos de vida discurre conforme a otro imperativo, típicamente romántico, como una ocasión para experimentar “nuestro auténtico yo”, saliéndonos de lo acostumbrado, despertando el espíritu de aventura, eventualmente sintiendo lo que tenemos en común con otros seres humanos, más allá de las diversidad de roles a la que nos obliga nuestro lugar en la sociedad.

Según esto, los espacios cotidianos del trabajo, la familia, las relaciones institucionalizadas, se nos presentarían como espacios racionales, constrictivos,  donde el individuo no tendría más remedio que someterse a normas externas, y los únicos espacios expansivos, donde el yo podría encontrarse a sí mismo, lo que tiene de singular, serían los espacios del tiempo libre. En este punto, sin embargo, las opciones pueden ser múltiples: desde los que encuentran su auténtico yo entregándose a una causa solidaria, a los que, por el contrario, lo hacen entregándose a prácticas de consumo; o tal vez alternativamente a unas y otras.

Lo que se echa en falta en este análisis, sin embargo, es incidir en las posibilidades solidarias que nos ofrece la vida ordinaria, en la medida en que somos agentes morales. No es casual, en efecto, que la interdependencia funcional, que la que la globalización de la economía y las comunicaciones ha hecho más transparente, fuera descrita por el propio Durkheim en términos de “solidaridad orgánica”. Ciertamente, como es claro para todos, esa interdependencia funcional  no garantiza por sí sola un aumento de la solidaridad moral, basada en el compromiso personal con el otro. Sin embargo, conviene advertir que tampoco constituye un lugar refractario para su desarrollo.

Muy al contrario: es posible que sea precisamente afrontando las limitaciones que imponen los marcos institucionales como mejor podamos garantizar un encuentro genuino con el otro.  Pues, como observa Bauman, cuando el contacto con el otro se establece y se interrumpe a voluntad –conectamos o desconectamos, conforme nos lo dictan nuestros impulsos, que por lo demás pueden ser muy nobles— el ritmo del encuentro lo marcamos nosotros, y nadie podría asegurar que el otro comparezca por sí mismo, con su propia voz, su ritmo, sus necesidades y costumbres, que tal vez discrepen de los nuestros.

Ahora bien: esa discrepancia constituye la muestra más obvia de la alteridad del otro, y, por eso mismo, la oportunidad más clara que se nos ofrece para trascender nuestras particularidades, y encontrarnos en un nivel superior, superado el nivel de espectadores y convertidos en interlocutores, en plano de igualdad. En ese momento, y no antes, entramos empezamos a hablar el lenguaje de la solidaridad moral, respetuosa de las diferencias y, al mismo tiempo, consciente de la humanidad común.

La práctica de esa solidaridad moral ya no es un producto estructural: depende de personas con nombre y apellido, comprometidas en la tarea de recrear vínculos sociales seguros y sanar vínculos sociales alienantes, de forma que sus familias y ciudades se conviertan en lugares acogedores para todos. De personas como esas depende también asegurar que la acción solidaria más allá de nuestros círculos habituales, no se quede en acciones puntuales, sino que se convierta en acciones sostenibles en el tiempo.

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