Emociones, historia, identidad: reflexiones sobre un cuadro de Tàpies

Las emociones esconden una historia, que el arte sabe condensar en pocos trazos. En el museo de la Universidad de Navarra se encuentra un cuadro emblemático de Tàpies, “L’Esperit Català” (1971), una obra que invita a acercarse a la complejidad de la historia e identidad catalanas. El lienzo amarillo, atravesado de arriba abajo por cuatro franjas irregulares de pintura roja, que ha salpicado de huellas ensangrentadas la superficie, evoca la señera en oro y gules, y aparece marcado por palabras que muchos pueblos podrían o querrían hacer suyas: verdad, cultura, libertad, espíritu de asociación, cordialidad, derecho natural, democracia, soberanía… pero también una palabra brutal que golpea al espectador: derecho al fratricidio.
¿Qué quiso decir Tàpies? El fratricidio no es un rasgo exclusivo del pueblo catalán. Hannah Arendt, recordando a Rómulo y Remo, lo reconoce desde antiguo en la constitución de toda comunidad política. Fue un instrumento al servicio de la política palatina visigoda. Selló también los primeros pasos del condado de Barcelona: Ramón Berenguer II fue asesinado (1082) por instigación de su hermano, Berenguer Ramón II, desde entonces apodado el Fratricida. Por la misma época, el reino de Pamplona presenció un crimen semejante, el de Sancho IV, tras la conjura de su hermano Ramón, por lo cual el trono navarro pasó a Sancho Ramírez, entonces rey de Aragón (1076). La dinastía Trastámara se impuso en Castilla por ese medio en 1369, tras la guerra entre Pedro I el Cruel y su hermano bastardo Enrique II de Trastámara. Precisamente a otro Trastámara, Enrique IV, se volvieron los catalanes para constituirlo en conde de Barcelona y rey (1462), con tal de no sufrir a Juan II de Aragón, a la muerte de su hijo Carlos, Príncipe de Viana, presuntamente instigada por su madrastra Juana.
No: el fratricidio no es, ni mucho menos, privilegio del pueblo catalán: tampoco las contiendas civiles. La guerra civil catalana, desatada tras la muerte de Carlos, tampoco ha sido prerrogativa de ese pueblo. Navarra y Castilla tuvieron las suyas. Como siempre, una mezcla desgraciada de economía precaria y ambiciones personales, en un marco internacional convulso, que propicia extrañas alianzas. La guerra de sucesión española (1701-1713), a la muerte de Carlos II, no fue una excepción. Pero la victoria de Felipe de Anjou supuso que los pueblos que habían apoyado al Archiduque Carlos, Cataluña incluida, perdieran sus fueros. Solo Navarra, que había apoyado al Borbón, mantuvo los suyos. No nos extrañe que los navarros los custodien como un tesoro; ni que su pérdida haya dejado una herida en otros casos, reabierta durante las guerras carlistas. Para muchos historiadores, el centralismo Borbón no solo constituyó el fin del principado de Cataluña sino el principio del deterioro de la legitimidad política en los territorios americanos. Felipe II se había designado a sí mismo como rey de las Españas y de las Indias, en plural. Gobernados bajo los Austrias según la forma del virreinato, heredado de la corona de Aragón, y a pesar del autoritarismo creciente de los monarcas modernos, esos pueblos habían vivido un gobierno que respetaba su diversidad al tiempo que sostenía su unidad, en el caso de los pueblos peninsulares, forjada mediante guerras y matrimonios que durante siglos mezclaron las sangres de muertos y vivos.
Cataluña también sabe de esas alianzas. Cuando muere Alfonso el Batallador (1134), rey de Aragón y de Pamplona sin descendencia –su matrimonio con Urraca de Castilla, que hubiera propiciado la temprana alianza de los reinos cristianos peninsulares, resultó un desastre—, molestos por su testamento, que legaba el reino a las órdenes militare, los nobles aragoneses reconocieron a su hermano Ramiro como rey, forzándolo a contraer matrimonio. Tuvo una hija, Petronila. Por su matrimonio con ella, Ramón Berenguer IV (1113-1162), conde de Barcelona, llegó a ejercer la potestad real en Aragón, aunque Ramiro, retirado en un monasterio, retuvo el título para transmitirlo a su nieto Alfonso II. A éste se debe la inclusión de la señera en el escudo de Aragón y que los reyes de Aragón, primero, y España después se intitulen condes de Barcelona. El título se remonta a Wifredo el Velloso (840-897): según una bella leyenda, que evoca lealtad y valentía, tras una batalla con los normandos Wifredo pidió al rey franco al que servía que le diera armas para su escudo; manchando sus dedos en la sangre de Wifredo, el rey contestó: “estas son tus armas”: un título, pues, que habla por un pueblo y condensa una historia singular. No es casual que en su discurso de proclamación ante el Congreso, Felipe VI enfatizara, en el más puro estilo de los Austrias, a pesar de ser Borbón: “España es diversa, señorías”. No tener en cuenta esa diversidad es exponerse a fracturarla sin remedio.
Ana Marta González

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