Transversalidad desde el corazón de la sociedad civil
(Publicado en Diario de Navarra, 05/12/24)
La celebración del día internacional de los voluntarios el 5 de diciembre viene precedida en Navarra por la fiesta de su santo patrón, san Francisco Javier. Se trata de una feliz casualidad. Pues, sin duda, la solidaridad que reconocemos como un rasgo distintivo de la sociedad civil navarra, incluso en los casos en que no responde a motivaciones religiosas, debe mucho a la tradición misionera comenzada por Javier, que a lo largo de los siglos ha encontrado eco en tantas familias de la comunidad foral.
Ciertamente, la entrega a los demás que admiramos en el santo jesuita, tenía un fundamento religioso que en una sociedad plural no es compartido por todos. Del fundamento religioso de buena parte del voluntariado que todavía hoy anima la sociedad civil -basta pensar en la multiforme actividad desplegada por Cáritas diocesana- se hace eco Francisco en su última encíclica, dedicada a profundizar en una devoción cristiana de gran arraigo en el pueblo cristiano, el Sagrado Corazón de Jesús; una devoción que, como bien subraya el Papa, podría desnaturalizarse si se viera desgajada de su proyección social, del respeto y el servicio al prójimo necesitado. A ello alude el propio Papa al final de su texto, cuando hace notar que sus conocidas encíclicas de tema social, Laudato si, sobre el cuidado de la casa común, y Fratelli tutti, sobre la amistad social, se alimentan de la fuente del evangelio. Pero, como el mismo Francisco hacía notar hacia el final Fratelli Tutti (n. 277), reconociendo el carácter esencialmente plural de la sociedad civil, “otros beben de otras fuentes”, no solo religiosas, sino también seculares.
Importante, en todo caso, es que las diversas fuentes que alimentan la atención y el compromiso con los demás, sostienen la vitalidad ética de la sociedad civil, constituyendo algo así como su corazón, desde el que se construye un espacio social auténticamente humano, donde las personas se reconocen y se ayudan en sus necesidades, con independencia de sus diferencias ideológicas. De hecho, quienes se sienten interpelados de manera genuina por las necesidades de los demás no quieren saber nada de diferencias políticas o ideológicas, porque entienden que estas últimas se mueven en un plano diferente y, en todo caso, posterior. El espacio del voluntariado, en efecto, es un espacio transversal, donde lo que prima no son tus ideas ni las mías, sino las concretas necesidades ajenas, que deben abordarse con empatía y profesionalidad.
Pero el espacio social del voluntariado es transversal también por otras razones. En un mundo en el que un ejercicio profesional altamente especializado limita en gran medida las oportunidades de interacción con quienes desempeñan trabajos diferentes, y muchas veces oculta la realidad lacerante de la pobreza y la exclusión social, el voluntariado en favor de quienes sufren algún tipo de menoscabo constituye una oportunidad de entrar en contacto con las múltiples formas de exclusión que padecen tantas personas y corregir nuestra visión, con frecuencia miope, de la realidad social.
El voluntario es una persona tocada por la necesidad ajena, a la que quiere poner remedio cercano y eficaz, sea personalmente o asociado con otros. Dada la complejidad de la vida social contemporánea, salir al paso de algunas necesidades no puede hacerse sin profesionalidad y sin asociarse con otros. Por esa razón, es de celebrar que haya voluntarios dispuestos a poner los conocimientos y habilidades adquiridos a lo largo de su trayectoria profesional al servicio de las necesidades de los demás.
En todo caso, la mayor virtualidad del voluntariado, lo que lo convierte en una actividad complementaria con, e irremplazable por las necesarias políticas sociales, es, por una parte, su creatividad, que arraiga en el corazón y se traduce en compromiso efectivo; y, por otra, su capacidad de generar auténticos vínculos sociales: no solo entre los voluntarios con distintas trayectorias laborales, sino también entre los voluntarios y los destinatarios de su voluntariado, personas singulares, con nombre propio y una historia que desborda su condición de excluidos o potenciales receptores de ayuda; personas, como todas, necesitadas en algún aspecto, pero, también como todas, con capacidad de aportar.
Precisamente porque con su trabajo fortalecen el tejido social, generando vínculos sociales, celebramos hoy a los voluntarios.
Ana Marta González
Catedrática de Filosofía, Universidad de Navarra
Directora de la Cátedra de Nuevas Longevidades
Miembro ordinario de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales